El profesor y psicólogo Philip Zimbardo ideó el “experimento de la cárcel de Stanford” en 1971 para estudiar el bien y el mal en el ser humano... pero todo se le fue rápidamente de las manos
“Mi experimento es como una tragedia griega: ¿qué pasa si ponés a buenas personas en un lugar malvado? ¿Las buenas personas dominan y cambian la maldad del lugar, o el mal corrompe incluso a los buenos?”. Así explicaba el psicólogo e investigador estadounidense Philip Zimbardo el punto de partida de lo que hoy se conoce como “el experimento de la cárcel de Stanford”, en diálogo con el presentador español Eduardo Punset Casals.

Corría 1971. Zimbardo era profesor en la Universidad Stanford, especialista en psicología social y estaba obsesionado con probar la esencia del bien y del mal en el ser humano. Conocía a la perfección un experimento previo: el de Milgram, conocido por intentar comprender los crímenes nazis. Zimbardo tomó de este la parte más performática, e ideó uno propio que pronto se le fue de las manos.
“Durante siglos, se ha intentado descubrir lo que vuelve malas a las personas. Se lo han preguntado filósofos, poetas, dramaturgos… y han llegado a muchas respuestas distintas. Muchos quieren creer que las personas nacen buenas o malas. Que personas como nosotros estamos en la parte buena de la línea divisoria, mientras que ellos, los malos, están al otro lado”, detallaba en la entrevista.
Milgram buscaba entender algo parecido, influenciado por los juicios de Núremberg, en los que dirigentes, funcionarios y colaboradores del régimen nacionalsocialista de Hitler justificaban su accionar bajo la figura que hoy se conoce como obediencia debida.

Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, se propuso investigar hasta qué punto las personas eran capaces de lastimar a otras si una figura de autoridad se los ordenaba. Reunió a 40 voluntarios a quienes les decía que quería “ayudar a mejorar la memoria de la gente”. A todos les asignó el papel de maestros, y a sus cómplices, el de alumnos.
Los ubicaba en habitaciones separadas por una mampara de vidrio. Estaban cara a cara. Los “maestros” podían ver cómo a la persona de enfrente le colocaban electrodos en el cuerpo. Del lado de ellos había un generador —falso, solo producía sonidos— con interruptores de voltaje. La potencia máxima, 450 voltios, tenía una advertencia escrita: “Peligro: choque severo”.
La idea era, básicamente, que el “alumno” memorizara palabras de una lista. Si erraba, se lo castigaba con supuestas descargas eléctricas. Eso creían los maestros. Cada error implicaba aumentar la intensidad del voltaje. Para darle credibilidad, ponían un audio con quejas y gritos que. Si un maestro dudaba, el investigador le decía que continuara: “El experimento necesita que siga”; “No tiene otra opción, debe continuar”. Más de la mitad de los participantes obedecieron hasta llegar a los 450 voltios.

Zimbardo explicó: “¡Dos de cada tres personas llegaron hasta el final! Incluso si el otro gritaba, si decía: ‘¡Me quiero ir, tengo problemas de corazón!’. Esto se llama obediencia ciega a la autoridad. El experimento demostró que, desde pequeños, se nos enseña a obedecer a la autoridad. Y normalmente la autoridad es buena: los padres, el cura, el rabino… pero no sabemos qué hacer cuando alguien bueno se vuelve malo: cuando un profesor es cruel con los estudiantes, o un padre abusa de sus hijos… Y Milgram demostró que la mayoría de las personas podía cruzar fácilmente la línea que separa el bien del mal, con buenas intenciones, y decir: ‘Estoy ayudando a esta persona’, pero le ayudaban matándolo”.
El profesor de Stanford pensó entonces que no era habitual que alguien le pidiera directamente a otra persona que hiciera algo malo. Por el contrario, en la convivencia cotidiana con distintas instituciones —la familia, la escuela, los hospitales— lo que existen son reglas. La gente se acomoda a un rol social y, a veces, para encajar o agradar, hace cosas que contradicen su propia moral.
Buscó estudiantes cerca de Stanford mediante un anuncio en el diario. Ofrecían 15 dólares por día para “participar en un estudio sobre la vida en la cárcel”. Se presentaron varios jóvenes, los profesionales realizaron exámenes de personalidad y eligieron a los “más normales”. Después determinaron al azar quiénes iban a ser policías y quiénes, reclusos.

Contaron con el apoyo de la policía de Palo Alto. Buscaban que toda la experiencia se pareciera lo más posible a la realidad, así que organizaron falsas detenciones con esposas, patrulleros, sirenas, huellas dactilares y fotografías policiales. Primero los llevaron a prisión, y de ahí, a la universidad en donde habían armado, en un subsuelo, celdas.
Zimbardo contó en El efecto Lucifer. El porqué de la maldad, publicado en 2007: “Para el éxito de la investigación sería muy importante que los reclusos se vieran privados bruscamente de su libertad, como ocurriría en una verdadera detención, en lugar de venir a Stanford por su propio pie y renunciar a su libertad como sujetos de un estudio”.
Los trasladaron con los ojos vendados a la universidad. Según reconstruyó BBC, ahí fueron desnudados, inspeccionados, despiojados y desinfectados. Les dieron un uniforme con un número, sandalias de goma y una gorra de nylon hecha con medias de mujer. Los “guardias” los encadenaron los tobillos.

“El primer día creíamos que no pasaba nada, porque los guardias eran buenas personas. Era 1971, ¡eran hippies! ¡Activistas de los derechos civiles! [...] Algunos incluso dijeron que los policías y guardias eran todos unos cerdos”, recordó Zimbardo.
Pero enseguida empezaron a mostrar otra tendencia: “Los carceleros le ordenan [a los prisioneros] que se quiten la ropa y que se queden de pie, desnudos, con las piernas abiertas y los brazos extendidos contra la pared. Los dejan en esa postura mucho tiempo [...]. Por iniciativa propia, algunos carceleros empiezan a burlarse de los genitales de los reclusos diciendo que tienen el pene pequeño o que un testículo les cuelga más que el otro”.
“Al cabo de dos días, los guardias empezaron a decir que los reclusos eran peligrosos y que había que aplacarlos. Y es que, durante el segundo día, los presos se rebelaron y dijeron que no querían llevar números ni gorros ridículos en la cabeza… y empezaron a insultar a los guardias, que me preguntaron: ‘¿Y ahora qué vamos a hacer?’. Yo les dije: ‘¡Es su cárcel! ¿Qué van a hacer?’”, contó en la entrevista.

Los guardias comenzaron a ejercer violencia física y psicológica contra los reclusos. Era como si todos hubieran olvidado que estaban en medio de un experimento, que interpretaban un papel, como en una obra de teatro. Como dijo su creador, pronto se convirtió en una cárcel real. El propio Zimbardo se involucró tanto que terminó asignándose un rol: el de superintendente de la prisión. También convocó a dos estudiantes como lugartenientes y a otro como alcalde.
Un día, ese “alcalde” le dijo a uno de los guardias, que estaba sentado fumando un cigarrillo: “Dale, estás ganando 15 dólares al día, tenés que hacer algo. ¿Por qué no querés actuar como si fueras un guardia duro?”. Se lo dijo a uno, pero todos fueron cada vez más lejos. Más abusivos. Más sádicos.
Llamaban a los “prisioneros” por el número que les habían asignado al ingresar. Los enviaban a confinamiento solitario, los desnudaban, los obligaban a hacer flexiones, a dormir en el suelo, les colocaban bolsas de papel en la cabeza y los forzaban a hacer sus necesidades en baldes. En ocasiones, los obligaban a simular actos sexuales.
“El primer día que llegaron, era una pequeña prisión instalada en un sótano con celdas falsas. El segundo día ya era una verdadera prisión creada en la mente de cada prisionero, cada guardia y también del personal”, contó Zimbardo a la BBC.
Los participantes habían firmado un contrato que decía que podían irse cuando quisieran, pero pareció habérseles olvidado: “Podían haber amenazado con abandonar para mejorar sus condiciones o para acabar con los maltratos y las humillaciones que llegaron a soportar, pero no lo hicieron porque poco a poco, y sin darse cuenta, se fueron metiendo más y más en su papel”.

En los momentos más críticos, los abusos escalaron hacia la degradación sexual. Los carceleros obligaban a los prisioneros a participar en juegos humillantes en los que debían actuar como “yeguas” y “sementales”: algunos tenían que ponerse de rodillas mientras otros simulaban movimientos sexuales, aprovechando que los reclusos no podían usar ropa interior debajo de las batas.

Los guardias quisieron quebrar a los prisioneros que se rebelaban. Tuvieron otra idea: arrastraron las mantas por la maleza para llenarlas de abrojos y después los obligaron a desprenderlos uno por uno. De lo contrario, tendrían que dormir sobre ellas.
Varios prisioneros abandonaron el experimento antes de su fin: la mitad de los reclusos tuvo que ser liberada por haber sufrido crisis emocionales o problemas de salud provocados por el entorno carcelario. El experimento, que originalmente debía durar dos semanas, terminó abruptamente tras apenas seis días. El cierre se produjo por la intervención de Christina Maslach, una joven psicóloga (y entonces pareja de Zimbardo) que visitó la “prisión” para entrevistar a algunos participantes.
Pero al ver cómo los carceleros trasladaban a los prisioneros al baño con bolsas en la cabeza, encadenados y sometidos a gritos humillantes, Maslach se horrorizó y confrontó a Zimbardo. Le gritó: “¡Lo que les hacés a esos chicos es horroroso!”.

Ese fue un “despertar”. Zimbardo entendió que también él había sufrido un cambio: había dejado de actuar como investigador objetivo para asumir con demasiada intensidad el papel de director de prisión. En su libro recordó: “Ese Sistema de dominación me transformó aún más a mí. Ellos eran unos chicos, unos jóvenes sin mucha experiencia. Pero yo era un investigador veterano [...]. No obstante, en esa primera semana me fui transformando poco a poco en la Autoridad de la Prisión. Andaba y hablaba como si lo fuera”.
Decidió poner el punto final. El viernes por la mañana, reunió a los prisioneros que quedaban y les anunció: “El experimento terminó, se pueden ir hoy mismo”. Los jóvenes reaccionaron con abrazos y estallidos de júbilo, como si realmente hubieran estado encarcelados y acabaran de recuperar la libertad.
El especialista concluyó en la entrevista con Punset Casals: “Creo que las personas nacen con la capacidad de ser buenas o malas, afectuosas o indiferentes, creativas o destructivas… que la misma mente empuja a unos a convertirse en villanos y a otros en héroes. ¡Pero es la misma mente! Porque, por lo general, para ser un héroe hay que tener un mal contra el que luchar; debe haber destrucción. De modo que la misma situación que hace que alguien cometa actos terribles hace que otra persona sea un héroe. No sabemos por qué exactamente. Hay muchos estudios sobre el mal, pero pocos sobre el heroísmo…”.
El profesor y psicólogo Philip Zimbardo ideó el “experimento de la cárcel de Stanford” en 1971 para estudiar el bien y el mal en el ser humano... pero todo se le fue rápidamente de las manos
2026-05-29 06:00:06
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